30 de Julio - Dunfanaghy

He viajado bastante, o eso creo. Diferentes países de Europa e incluso he visitado Estados Unidos. Me considero afortunado; sin embargo, nunca me he sentido viajero, si no que he experimentado la sensación de huir de mi estado actual para irme a otro lado y que ese estado esté menos presente. Es decir, me moví fisicamente pero siempre había algo en mi que me hacía volver al punto de partida. 

Me iba meses a cualquier país pero como si una partida de Parchis se tratara, me alcazaba mi yo del pasado y acababa en la casilla de inicio. Una y otra vez. 

Para ser honesto, nunca me he sentido un viajero porqué siempre he dependido de trabajos externos o voluntariados por lo qué no tenía todas las horas para mi. Al final dedicaba más tiempo a estar entre cuatro paredes que descubriendo diferentes lugares del país.

Hace una semana un gato se coló en mi vida. Un cachorrito buscando casa. De una manera casual acabó pasando unas horas conmigo escondido en la habitación del hotel donde trabajo tratando de no ser pillado y expulsado. De nuevo sentía esa sensación de impertenencia. De atadura disfrazada de libertad. Como el elefante libre y asustado que no se mueve de su estaca.

Ayer, mientras disfrutaba de mi cámara y mi paseo por Dunfanaghy, sentí que quizás viajar con la cámara no es mi propósito - ni mi carrera - si no una expresión más, una intermitencia de mi creatividad. Me encanta hacer fotografías, me encanta conocer gente y viajar pero cuándo más me concentro en conseguir rédito económico de este proceso más se oxida, se seca y convulsiona en ansiedad y overthinking.

En mi paseo admiraba las casas, me imaginaba a la gente dentro pintando, cocinando o viendo una película. Descansando con su perro, su gato, pareja o hijos. Y entonces caí en que realmente viajo para encontrar mi hogar, para encontrar ese espacio personal donde poder sentirme cómodo. Un lugar que nunca he encontrado porqué buscaba desde la huida, no desde el aprendizaje. No desde la paciencia.

En plena playa de Tranmore las olas del Atlántico limpiaban por un momento esa embriaguez por el futuro y me traía de vuelta al presente. Y recuerdo que siempre he querido vivir en zonas de costa, donde el azul del mar rodeaba mis tobillos, donde en momentos de ansiedad bajaba las revoluciones de mi mente y me traía paz. 

Ese remanso de paz me inspiró. Sentí que he de dejar la fotografía ir como idea profesional y única muestra creativa. Por qué aún dándome espacio para mostrar mi interior, su función profesional no me gusta. 

La mayoría de mi intento profesional fue marcado por sesiones gratuitas, paseos intencionales por las calles y momentos de escritura como este. Y, sin saber cuanto tiempo durará, ni si habrá otro blog en el futuro, creo que el proceso de crear es lo que más me divierte. Y para eso no tengo que moverme a ninguna otra parte del mundo, ni vivir meses en hostales en habitaciones compartidas.

Veía la casa enfrente del mar y me preguntaba lo que sería leerse un libro mientras las olas rompen a metros de ti. En ese momento algo en mi nació, una sensación de reencuentro. Era hora de cerrar un ciclo y abrir otro. 

Algunas de las imágenes de esta semana :)




















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